A través de la historia la humanidad ha buscado en la naturaleza aliados que le ayuden a sobrevivir, crear y desarrollar ideas que le permitan una vida más fácil, en la edad de piedra para el periodo neolítico, el hombre primitivo empezó a explorar los metales, comenzando por el oro y el bronce, empleándolos como martillo, hasta que, conoce y domina al cobre, fundiéndolo y creando vasijas, primeros utensilios a partir del metal trabajados hasta el momento.

Luego el descubrimiento del hierro  juega un papel determinante en la última etapa de la edad de los metales y se transforma en el elemento fundamental de uso cotidiano en todo el eje europeo, africano y asiático desde el año 4.000 A.C. llegando a ser, incluso más importante que el oro en algunas civilizaciones.

En este sentido, el hierro se trasforma a lo largo de la historia del hombre en un metal esencial por su abundancia y múltiples uso, pero no el hierro en su estado puro, sino en sus múltiples aleaciones, como por ejemplo el acero, el cual  se conoce en la metalurgia como la mezcla de hierro con carbono, por lo cual no debemos confundir  acero con hierro, los cuales se diferencian por el grado de carbono entre uno  y otro.

En consecuencia, el acero reconocido por su dureza y resistencia es el metal esencial de construcciones y edificaciones de las grandes ciudades. Pero, cuando en el siglo XIX surge el descubrimiento de que el acero combinado con otros metales como el cobre y el níquel tenían un mayor aguante, aunque muchos científicos de la época en su afán por descubrir, como Woods y Clark, siguieron trabajando hasta logar combinarlo con el cromo, creando así: el acero inoxidable.

Esta aleación permite dejar ver su alta resistencia a la corrosión, lo que logra que hoy día existan accesorios inox completamente invulnerables al desgaste y muy buscado por los expertos de la industria de metalúrgica.